Rafael...

La exposición del Museo del Prado se traslada al Louvre…

El museo del Prado acaba de clausurar una poderosa exposición -que ya se perfila histórica- dedicada a los últimos años de Rafael Sanzio, el genio mítico del Renacimiento. Pretendía, entre otras cosas, saldar una deuda con el artista -muy dignamente representado en la gran pinacoteca española, por cierto-, ya que han sido siempre, históricamente, la pintura veneciana y la de sus continuadores en la técnica y el espíritu -Rubens, Velázquez, Goya-, la columna vertebral del Prado. El gusto de los reyes españoles -especialmente los Austrias- se decantó mayormente por los pintores de la ciudad de la laguna y por los españoles que continuaron su “manera”.

La ocasión viene al pelo, por tanto, para recordar aquel encendido debate sobre la supremacía de una de las dos grandes escuelas pictóricas del Renacimiento italiano -la florentina o la veneciana- que perduró durante todo el siglo del barroco, el XVII, polarizado ya el asunto entre los defensores del clasicismo romano -que heredó el espíritu dibujístico de lo florentino- y los de la pintura de manchas, a la veneciana, donde el color y la imitación de “la manera valiente del gran Tiziano” eran el pasaporte para una adecuada representación naturalista. En concreto, cuando Velázquez llegó por segunda vez a Italia, en 1650, y se detuvo en Venecia, arreciaba la polémica pues el teórico del clasicismo romano, Giovanni Pietro Bellori, pretendía hacer del difunto Rafael el dios supremo de la pintura, después de que Carlo Ridolfi publicara su “Le Meraviglie dell’arte” en 1648, donde ensalzaba a los venecianos con una galería de biografías. En 1660, Boschini publicó su “Carta del Navegar Pintoresco”, exaltando el colorismo veneciano, y poco después, en 1672, Bellori publicó “Le vite de pittori, escultori e architetti moderni”, un manifiesto del austero clasicismo a la romana. El caso es que, parece ser, Velazquez participó del debate tomando partido, como era de esperar, por los venecianos. En la “Carta” de Boschini se recoge una conversación entre Velazquez y el pintor Salvatore Rosa -defensor de Rafael- en la que el sevillano coloca a la pintura veneciana por encima de cualquier otra y, dentro de ella, afirma que “Ticiano porta la bandera”. Y ante la insistencia de Rosa en defender a Rafael, Velázquez le espeta, zanjando el asunto: “Rafael, a decir verdad y siendo sincero, no me interesa nada”. El tiempo acabó dando la razón a Velázquez. Rafael fue un pintor cuya influencia perduró hasta finales del XVIII y principios del XIX, momento en que su sacrosanta figura, instalada definitivamente en el parnaso de los intocables, pareció caer en el olvido para los pintores más renovadores…hasta hoy. La historiografía moderna ha seguido estudiando a Rafael -y esta exposición es un ejemplo elocuente- aunque sea un artista, como le sucede a Rubens, aburrido para nuestra sensibilidad contemporánea.

 

Publicado en Diario de Almería el 18 de octubre de 2012