Desde niño escuchaba junto a mi abuelo Pepe las sinfonías de Beethoven. Eran uno de sus amores. Su hijo -mi tio Ángel- le había grabado en cintas de casette las versiones de Karajan con la Filarmónica de Berlín. Todas menos la novena.

La primera vez que escuché la novena yo tenía diecinueve años; la cosa aconteció en el piso de estudiantes donde vivía, en Pamplona. Uno de los compañeros tenía un equipo de música para CD y buenos altavoces, recién comprado. Le regalaron un disco de la novena -interpretada por Eugen Jochum- que me obsequió de inmediato, pues él sólo ponía rock. En la primera ocasión que me quedé sólo en el piso, metí el CD en el reproductor y ajusté el volumen, elevado, para que la música inundara toda la vivienda. Cuando mis oídos escucharon por primera vez el comienzo del primer movimiento, con ese murmullo orquestal -vago y casi atonal, como si los instrumentos estuvieran afinándose- que va subiendo de intensidad hasta el estallido del tema, como un gigantesco big bang del que surge todo el cosmos, quedé sobrecogido y turbado; nunca antes había experimentado algo parecido. Fue un momento clave en mi vida, que me ha marcado para siempre.

Y es que, aunque con frecuencia hablemos sólo del cuarto tiempo con la “Oda a la Alegría”, la clave de la sinfonía -la explicación integral de su discurso- está en este primer movimiento. En él, tras el estallido orquestal del introito, asistimos a un desarrollo extensísimo, un auténtico poema musical sobre el drama de la existencia a un nivel global, planetario, incluyendo a todas las criaturas, sometidas a los crueles e indiferentes procesos de la naturaleza. En otras obras de otros autores -como el Réquiem de Mozart- e incluso del mismo Beethoven, el drama que sugiere la música es estrictamente humano. En el primer movimiento de la novena el dolor es universal, cósmico e intemporal, y atañe a todos los seres.

Como en otras muchas de sus obras, Beethoven va desde las tinieblas más absolutas hacia la luz. La novena es un viaje desde la tragedia y oscuridad más apabullantes hacia el triunfo, la alegría y el éxtasis; todo el proceso de catarsis. El segundo movimiento no es otra cosa que una lucha por huir del drama; una batalla en la que se presiente la victoria y se percibe la luz al final del túnel. Tras la victoria, el tercero nos sumerge en la contemplación y la meditación; la antesala del júbilo y la celebración que acontecerán en el cuarto. En éste, un recitativo de chelos rememora los temas de los tres movimientos precedentes, antes de que los bajos de la orquesta entonen el tema de la Oda. Con la voz humana, la sinfonía coloca a los hombres en la gran responsabilidad de decidir el futuro de la vida en la tierra, desde la justicia y el respeto a todas las criaturas y su medio. El gran reto para una ética global, aún por realizarse.

 

Publicado en Diario de Almería el 19 de julio de 2012


Etiquetas: Beethoven


  • egandalph

    Desde luego, la armonía de la música, la grandiosidad de las creaciones del genio humano en la más inefable y profunda de las artes, enlaza de maravillas con esa pretensión de la ética global, pero la naturaleza tan dispar de ambas cuestiones aumenta mi escepticismo, amigo Ibáñez (es como reducir el comportamiento humano a un ritmo, a una melodía, a un poema e incluso a una liturgia). Claro que puestos a escoger el símbolo de esa pretensión, el entusiasmo poético de Schiller que definitivamente Beethoven inmortalizó, puede ser un buen comienzo (de hecho, la Unión Europea lo oficializó como su himno). Pero aquí, necesariamente, recuerdo la íntima relación que en “La naranja mecánica” (novela más conocida por la versión cinematográfica de Stanley Kubrick) tenía su protagonista (el “anti-héroe” Alex) con la Novena, y esas imágenes que en el filme se asocian con “el Divino Ludwig”… Ojalá la música pudiera calmar a las bestias.