Capricho 43

Por más que remiro a Goya no ceso de deslumbrarme; me impresiona la vigencia enorme de su pensamiento. Especialmente en sus grabados despliega una lucidez que atraviesa todas las fronteras espaciotemporales. En el segundo dibujo preparatorio para el célebre “El sueño de la razón produce monstruos”, el autor -que se ha autorretratado sumido en un sueño en el que afloran todas las pesadillas- ha escrito de su puño y letra: “Idioma universal. Dibujado y grabado por Francisco de Goya. Año 1797. El autor soñando. Su intento es desterrar vulgaridades perjudiciales y perpetuar con esta obra de capricho el testimonio sólido de la verdad”.

¿Pero cuál es el camino para hallar la verdad? Sin duda, Goya parece decirnos: escuchar a la razón. Pero no solo a la razón ilustrada, iluminada; también aquella que pernocta y delira, aquella que genera monstruos en apariencia imposibles. No es, por tanto, que el sueño haya sido abandonado por la razón; es ella la que sueña, aflorando su subconsciente y mostrando toda la negativez de nuestra naturaleza, de nuestra condición. En plena primavera ilustrada -a fines del siglo de las luces- Goya parece ir más allá del pensamiento de sus contemporáneos y plantea ya -en su pesimismo visionario, resplandeciente- toda la problemática del hombre moderno: la luz de la razón no arroja toda la verdad de lo que, en esencia, somos. Es preciso que en su delirio, en su sueño, ésta nos ofrezca igualmente el mundo de la noche, aquel que nos informa de la parte más siniestra e inquietante de todos nosotros y para la que no hay solución aparente por los siglos de los siglos. Por eso, los monstruos de Goya son verosímiles y cercanos; hablan de nuestra verdadera condición.

En otra estampa de la serie, la número 77 titulada “Unos a otros”, unos personajes cadavéricos vestidos con pelucas y trajes del antiguo régimen, montados a coscoletas sobre sendos individuos de análoga condición, clavan sus lanzas de picador sobre un indefenso ciudadano -o súbdito, más bien- que cubre su espalda con un petate en forma de astado. Una suerte de tauromaquia en apariencia disparatada, pero que alumbra una verdad sin paliativos: el poder, siempre conservador y aferrado al pasado, permanece para machacar y torturar a los mismos. Suerte de putrefactos -en permanente trance de pudridero- que se resisten a morir y desaparecer; constatación un inexorable ciclo de injusticia y desigualdad donde el fuerte que se come al débil. Excelente imagen que resume, como pocas, las circunstancias que nos toca vivir ahora, cuando estamos gobernados por una nueva e intocable aristocracia. Tenemos todas las de perder.

Publicado en Diario de Almería el 6 de diciembre de 2012


Etiquetas: Caprichos, Goya