Golucho

Detalle de un retrato de Golucho realizado por Ibáñez

Hace siete años, el museo Casa Ibáñez expuso por vez primera la obra de Golucho en tierras almerienses con una apoteósica acogida, como una revelación deslumbrante. La próxima semana, este maestro de culto dentro del realismo contemporáneo vuelve a nuestra institución para impartir un taller a treinta y seis pintores nacionales y extranjeros, que haremos coincidir con otra gran exposición de sus últimas obras. La muestra podrá verse en los próximos tres meses.

Golucho se perfila hoy, acaso, como el realista más innovador de nuestro panorama nacional, tras un largo periodo dominado por el grupo de los madrileños, cuya cabeza visible siempre ha sido Antonio López. Artista desmedido en tantas cosas, su proceso es de una infatigable búsqueda expresiva, que hunde sus raíces técnicas en lo mejor de la gran pintura europea del pasado, sin olvidar los alumbramientos compositivos y formales propios de la modernidad. Cada obra es el resultado de un largo proceso de luchas y desesperación, en una tónica constante de enorme autoexigencia, tan impropia del hecho creativo de hoy. Nacido en 1949, su vida ha estado por completo ligada al arte, y su evolución, no siempre lineal, ha culminado en una madurez espléndida y magistral, desde hace unas dos décadas.

Pintor del hombre y su drama, su obra se nutre de los personajes que le son cercanos por familia o vecindad, a los que escoge por el poder sugerente que emanan y por lo que revelan del estado de sus almas y de unas vidas más o menos marcadas e intensas. Les aplica generalmente un retrato sorprendente, vestidos o desnudos, en posturas clásicas o inesperadamente vanguardistas. Todo ello para extraer de la forma más descarnada y eficaz el estado de su interior emocional y favorecer, de paso, todo un mundo de exploración técnica riquísima y apabullante. Dicha técnica, siempre sometida a un inmisericorde principio de no repetirse nunca, le lleva a un proceso de tortura personal consigo mismo, que hacen de él un prototipo de creador escasísimo. Autor de bellísimos bodegones, es uno de los pocos artistas que ha sabido renovar el género de una forma natural y sin la menor retórica.

Otorga al lápiz sobre papel la misma importancia que a la pintura, y en ambos casos usa el soporte como un elemento más del proceso creativo-compositivo, rompiéndolo o despellejándolo, alumbrando hallazgos que lejos de transgredir el efecto realista, lo potencian y renuevan. En su uso del color y las texturas del óleo consigue calidades que se aúpan a un Rembrandt y toda la piel de su obra es palpitante y emocionada.

 

Publicado en Diario de Almería el 13 de septiembre de 2012


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