Hace unos años corrió por Internet la noticia del hallazgo de varios esqueletos humanoides en la India de tamaño colosal, de unos diez metros. Las fotos andan todavía por la red y pueden visionarse sin problemas. Se dijo que el descubrimiento había sido cosa de National Geographic y que, como otras apariciones semejantes ocurridas a lo largo de la historia, había sido silenciado automáticamente por las autoridades y la comunidad científica. Se armó tanto revuelo en los foros que la propia National Geographic se apresuró a desmentir la noticia, afirmando que las fotografías eran montajes muy bien realizados. Leídos los foros, las opiniones de unos y otros -incluidas las de aquellos que abogan por teorías conspiranoicas- y la multitud de fotografías, vídeos, etcétera, a uno le queda siempre la duda y la inquietud.

Parece mucha casualidad que los gigantes estén presentes en todas las culturas y sus respectivas mitologías. Egipcios, sumerios, nórdicos y germánicos, precolombinos y hasta vascos, tienen en su acervo fantasioso la presencia de criaturas descomunales. En la mitología griega, hay todo un extenso capítulo dedicado a la gigantomaquia, la lucha entre los dioses y los gigantes, que se saldó con la caída de estos últimos; episodios representados en los relieves de la antigüedad -altar de Zeus en Pérgamo- y en la edad moderna -los frescos de Giulio Romano en el mantuano Palacio del Té o los de Bayeu en el Palacio Real de Madrid-, y para que hablar de los titanes o los cíclopes, otra suerte de gigantones. En la tradición judía, que nos pilla más de cerca, la presencia de gigantes en los textos bíblicos es frecuente. Para los hebreos existía -viviendo junto a ellos- una raza de gigantes, los “nephilim”, que eran cruces entre los “hijos de Dios” y las mujeres humanas. Goliat, vencido por el púber David, fue uno de ellos. En nuestra cultura cristiana tenemos hasta un santo gigante, San Cristóbal, y que me dicen de los cuentos o la literatura, desde Grimm a Oscar Wilde.

Para muchos antropólogos, la coincidencia en la creación de estos mitos vendría de la admiración del ser humano por las ruinas -las grandes murallas y monumentos- de otras civilizaciones más antiguas, donde parecía imposible que semejante colosalismo fuese creación y ejecución del hombre. Los que defienden la veracidad de los hallazgos argumentan, incluso, la posible naturaleza extraterrestre de las criaturas. Con todo, el gigante más inquietante y turbador, para mi, sigue siendo El Coloso de Goya, espléndida metáfora para estos tiempos de capitalismo exterminador, que siembra el pánico entre el pueblo, la muerte y la destrucción, allá por donde pasa.

 

Publicado en Diario de Almería el 30 de agosto de 2012