Duchamp...

Duchamp, expuesto.

“Me interesaban las ideas, no solamente los productos visuales. He querido poner la pintura al servicio de la mente, y mi pintura fue inmediatamente considerada intelectual, literaria. Estaba luchando por situarme lo más lejos posible de las placenteras y atractivas cualidades materiales de los cuadros…Esa es la dirección hacia la que debería encauzarse el arte; hacia una expresión intelectual más que hacia una expresión animal”.

Así se expresaba Marcel Duchamp en 1946, intentando justificar una trayectoria donde la tontería gratuita y el discurso banal -pretendidamente profundo- e inconsistente habían sentado las bases para la perversión del hecho estético, tan decisiva en mucha de la vanguardia artística del siglo XX, desde el dadaísmo al surrealismo, pasando por ready-made y el pop-art, hasta otros “hallazgos” recientes que son más de lo mismo; más de la misma burla y caradura.

Pasado el momento de las primeras vanguardias, especialmente el cubismo, el fauvismo y el expresionismo, donde lo plástico-estético era todavía lo fundamental de las artes visuales como la pintura y la escultura, comienza un progresivo desprecio hacia todo el arte “retinista” a favor del discurso y de la “idea”. El mismo Duchamp, que había tenido unos inicios cubistas de poco fuste -donde demostró su escaso talento como pintor- fue derivando hacia un arte más del “espíritu”, entendiendo éste como una negación de la materia y la forma visual, consustanciales a las artes plásticas desde la antigüedad. El alma quiso hacerse autónoma del cuerpo que le daba sentido, abandonando la belleza sensorial que justifica toda creación visual.

Duchamp participó en la Armory Show, la exposición de 1913 que instauró en la sociedad estadounidense el gusto por esta vanguardia de la impostura, y colocó al personaje como cabeza y estandarte de lo que vendría después, donde Nueva York asumió el consabido papel de “centro” para el arte moderno. Una puerta abierta al “todo vale” que ha pretendido imponerse, sin éxito, mediante un totalitarismo intelectual que perdura en el ámbito institucional y académico. Y este cáncer, cuyas metástasis se extienden imparables, es el causante del snobismo que impera en la enseñanza reglada de las Bellas Artes. Una pléyade de profesores que desprecian la disciplina tradicional del dibujo y los procesos del taller; que se han dedicado a leer sesudos discursos o teorías escritas por otros y que pretenden imponer su capricho. Andan convencidos de su talento, pese a no haber dado muestras todavía del mismo, ni como creadores de imágenes ni de corpus teóricos personales de verdadero fuste filosófico. Una pena de criaturas.

 

Publicado en Diario de Almería el 7 de junio de 2012


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