Detalle del retrato de “Antonio López y María Moreno” realizado por Ibáñez en 2012. Colección Museo Casa Ibáñez

La incorporación a la colección permanente del museo Casa Ibáñez de siete importantes obras de Antonio López –el más grande artista español vivo– es un hecho histórico sin precedentes para nuestra provincia. En primer lugar porque nos convertimos en lugar de peregrinación para todos aquellos que quieran disfrutar de la obra del maestro manchego, tras el Reina Sofía y la Fundación Sorigué de Lérida (las principales instituciones españolas en conservar obras suyas). Y en segundo lugar porque, siendo esto así, nuestra apuesta adquiere un valor singularísimo dada la incomprensible escasez de obras de Antonio en museos e instituciones abiertas al público en nuestro país; si a ello se une la práctica inexistencia de colecciones de arte contemporáneo español en nuestra provincia, públicas o privadas, con piezas de calidad, el motivo para la celebración y el orgullo están más que justificados.

Sorprende –en esto, como en tantas cosas que dicen muy poco a favor del ser patrio, España cumple aquello de ser la crudelísima madrastra (Ribera dixit) con sus propios hijos– que el artista español más significativo de la segunda mitad del siglo XX y lo que va de XXI, apenas esté representado en los sacrosantos templos del arte contemporáneo que la administración cultural ha creado y gestiona. Sorprende que el Reina Sofía tenga solo tres cuadros y dos esculturas y no lo exponga todo, cuando le dedica salas enteras a otros artistas de menor relevancia para la historia del arte español. Varios dibujos en la fundación leridana, otro dibujo en el museo de Valdepeñas, un cuadro de primerísima época en el museo de Jaén y una escultura en el de Bilbao; eso es todo. Esa es la exigua representación que nuestras instituciones museísticas ofrecen del maestro mundial del realismo. Y no vale aducir las altas cotizaciones del autor; en un tiempo en el que Antonio era ya una celebridad, el cotarro público español prefirió comprar a otros contemporáneos suyos –quizás ya entonces menos significativos– a unos precios muy superiores a los que Antonio vendía sus obras. Por contra, instituciones extranjeras como el Pompidou de París, el museo de Boston o la Kunsthalle de Hamburgo, habían apostado por su obra. Nuestro ancestral complejo de inferioridad todavía hoy nos impide reconocer la categoría de nuestro realismo contemporáneo. Es lo que hay.

 

Publicado en Diario de Almería el 23 de mayo de 2013